domingo, 10 de julio de 2011

Yacumama: un pedazo de selva en la capital.

En la avenida Tomás Valle, en San Martín de Porres, se encuentra un trocito del oriente del país. 


Por: Lenin Grandez Guevara



Aproximadamente el 66 % del territorio nacional corresponde a la selva, ¿no es acaso motivo suficiente para conocer y disfrutar de su comida, su bebida, su música y su gente? Pero, si viajar a Chachapoyas, Rioja o Moyobamba figura un problema de tiempo y dinero, qué hace pensar que viajando 24 horas en bus o cuatro en avión  recién uno puede gustar de lo que ofrece la selva exótica.


En la cuadra 28 de la avenida Tomás Valle, en el distrito de San Martín de Porres, se encuentra ubicado el centro turístico Yacumama. La entrada, de una fachada rústica (pajas y hojas secas de palmera) dan una impresión directa del lugar: un pedacito de selva en la capital.

Del interior del búngalo escapa la música pegajosa que insinúa una invitación. Las flautas, shacapas y tambores fabrican melodías que embelesan a los danzantes. Mientras unos pocos beben sentados, la mayoría saltan extasiados, en pequeños círculos, en cola, en completo desorden, todos expresando su propio ritual. Danza de amanecida, borrachera segura. Más de 300 personas, aunque el aforo indique sólo 200, sudan las alegrías de salto en salto. La gente que se cansó de saltar se sienta, pide una jarra de morachao’, licor de cocona o simplemente sus chelas  y se transporta de inmediato a otro paraje, a la selva.

Los visitantes de poco beber (que son pocos), sentados, desnudan los juanes y piden una fuente de tacacho. ¡Juane…juane…juane! “Si señores Juaneco y su combo. Desde la rica amazonia para todos los selváticos y para todos los que no lo son pero quisieran (serlo)…” eleva la voz el animador de la fiesta para presentar  a la agrupación folclórica. Juaneco y su combo es reconocida por representar a gran parte de las tradiciones de la selva peruana. De un momento a otro, todos se buscan, se chocan, se observan, se identifican y se sonríen. El tema “Ya se ha muerto mi abuela” suena y los guambrillos apresurados buscan parejas para bailar.
Junto a los músicos, vestidas con prendas ligeras, como shipibas o aguarunas, saltan las bailarinas del grupo. Regordetas y chaposas gesticulan el buen humor de la fiesta.

Ya de madrugada, el cantinero se cansó de repartir bebidas, la cocinera cansada seguramente dormitaba en una silla, los mozos y vigilantes recogen los vasos,  las botellas y los platos de la mesa. Juaneco se despidió hace media hora y la última canción que tocó “La charapita”, aun retumba en los oídos de los borrachos. Intentan pararse y bailar nuevamente pero el cuerpo no obedece.

Así, todos los fines de semana, la gente de la selva se reúne en el Yacumama para celebrar. La selva también está en Lima, en cada selvático que vive en Lima, en cada limeño que quiere ser selvático y en cada persona que visita el Yacumama.

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